Cuando era chica me enseñaron sobre el cuerpo humano en clase de biología.
Me dijeron que el tamaño de tu corazón es bastante similar al de tu puño cerrado.
No recuerdo muy bien qué dijo la maestra después de eso, estaba muy concentrada en mi puño.
¿Cómo podía ser que algo tan chico creara absolutamente todo lo que siento?
No podía ser. Tenía que ser algo más grande, más fuerte, que mis frágiles y pequeñas manos.
Entonces cerré mis ojos y golpeé la mesa con todas mis fuerzas.
Podía sentir la piel levantándose de mis nudillos. Había sangre en la mesa. Podía sentir el dolor subiendo por mi brazo.
Caminé hacia la oficina del director con lágrimas en los ojos.
Me preguntaron por qué hice eso, y todo lo que pude decir es que estaba testeando mi corazón.
El día de hoy, aún cierro el puño y lo observo. A veces lo observo por un rato largo.
A veces siento ganas de golpear algo, como el escritorio, la pared,
o quizás esa caja donde guardo las cosas que me diste cuando dijiste que me amabas.
Mi puño es más grande de lo que solía ser, pero se rompe y sangra de la misma manera.
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